POEMA A MARCO

 

A Marco, un niño-Sol y a su padres,

Nuria y Antonio,

una galaxia de corazones lindos,

con todo mi amor.

 

 

 

Te voy a contar un cuento,

aunque será un cuento en verso

que un día te contarán

cuando crezcas,

seas mayor

y llegues a las estrellas

con tu sonrisa de mar.

Verás, antes de que nacieras,

antes de llamarte Marco,

te esperábamos contentos

con ganas de que llegarás

y cantarte, y darte besos,

y llevarte por la calle

en un carro de ilusión.

Tu mamá y tu papá,

y yo, que soy tía adoptiva,

y poeta y cuentacuentos,

imaginamos tu cara,

tu sonrisa, tos ojazos

tu corazón de ave alada

tus pies andantes,

tus manos…

Pensábamos tanto en ti

que cuando llegaste aquí a vernos

el sol salió a recibirte

para borrar el invierno.

Ese corazón dio un brinco,

hizo una pirueta el alba,

y en el regazo de luz

de los brazos de tus padres,

dormido profundamente,

con un sueño tú quedaste.

¡Cómo se alegró ese día!

¡Qué feliz fueron las nubes!

¡Cuántos besos te esperaban!

¡Llegaste, Marco, tan dulce

que abriste los corazones

de quien ya pudo mirarte!

 

PD: La tía Pura cuenta-cuentos

irá pronto a visitarte.

¡No me aguanto sin besarte!

 

PERE, EL AVIADOR

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A Pere, un aviador precioso y simpático,

y a su padres, a los que quiero tanto

como la trucha al trucho (es decir, MUCHO)

 

 

 

Cualquier día, mirando al cielo

te lo puedes encontrar,

en un avión de papel

volando sobre la ciudad.

Hace piruetas y juega

al escondite,

a pillar,

con las nubes de aire claro

que, en el cielo azul turquesa,

como si fueran princesas

duermen tendidas al ras.

Si le ves, grita su nombre.

Dile: “Pere, ¿dónde vas

de viaje con tu avión nuevo

de famoso aviador?

¿Me dejas que te acompañe

a volar, cruzar el aire,

y, cuando acabes, soñar?”

 

Pere vuela cada día.

Vuela su sonrisa alegre.

Su pelo de rebelde bueno.

Su juguetona alegría.

Pere es un niño muy grande

aunque aún no sea mayor,

pues tiene enorme y bonito

su precioso corazón.

 

¡Vuela, pequeño en el aire!

¡Vuela feliz con tu avión!

¡Vuela el cielo de la infancia!

¡Vuela, dulce aviador!

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VERA, LA ROCKERA

VERA

A Vera, como le gusta tanto la música,

se me ha ocurrido hacerle un poema

dicharachero.

Aunque no la veo a menudo, a ella y a Bárbara, su madre,

yo… las quiero.

¡Lero, lero, lero!

 

 

 

Sin ella, la verdad, no hay primavera

ni las flores se visten de amarillo,

de azul cielo, o de naranja.

Tendría un problema la señora primavera

si se queda en prima al quitarle el nombre

de esta niña tan preciosa y zalamera.

Vera, creo yo, será una gran rapera,

porque canta en la ducha,

en el parque,

en la escalera.

Piensa que las notas musicales

son mariposas de sonido

que vuelan por los aires

y aletean, tan cerca del oído,

que sin música los días

son horas y minutos aburridos.

“Mola, mola,

sube y baja,

al derecho, al revés,

mola, mola

sube y baja,

Esto es rock, ¿o no lo ves?”.

 

Vera es toda una rockera.

Se pone su camiseta.

Se peina como una star.

Improvisa el escenario,

en el rincón del armario,

de su salita de estar.

Y Vera, con gran acierto,

empieza ahora a cantar:

“Este rock es el de Vera,

un rock que puedes bailar

si te mueves por la casa

poniendo poses de star”.

¡Qué bien se lo pasa Vera

con su guitarra invisible,

siendo rockera famosa,

una estrella irresistible!

Sus papis aplauden siempre.

Vera tiene una sonrisa

preciosa como un diamante.

Y cuando el concierto acaba,

Vera finge estar cansada,

y muy seria a ellos les dice:

“¿No le haríais a la cantante,

para recuperar su energía,

un huevo frito bien grande

y unas patatitas fritas?

Así es Vera… ¡Y que no cambie!

TOBÍAS Y LOS ESTEGOSAURIOS

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A Tobías, un niño precioso que fabrica diamantes invisibles con sus manos,

y a Halima, su madre, dueña de una sonrisa tan bonita como sincera.

 

 

A Tobías le gustan unos animales

que son, realmente, muy grandotes.

Yo diría que, del reino animal,

más que animales, son animalotes.

Tienen nombres raros, largos,

y, aunque cuesta decirlos,

Tobías tiene tanta memoria

que, de carrerilla, los dice

y jamás se equivoca.

“Estegosaurio”, dijo un día en voz alta.

A Halima, su madre, casi le da un pasmo.

“Este… ¿Qué?” pregunto muy extrañada.

Tobías sonrió y siguió, como si nada,

porque él sabe que los dinosaurios

son animales enormes, pero sabios.

De mayor, será un científico famoso

o un animalólogo perfecto,

o un bailarín, o un dibujante,

o un musico brillante,

o escribirá un cuento espeluznante

que contará a su hermano Pablo

durante toda una mañana o una tarde.

Tobías y Pablo van juntos

como el sol y la mañana,

o la cometa y el aire,

o un zapato y su pareja.

Son amigos, hermanos,

luchadores de juegos incruentos,

espadachines con colores

que sostienen en sus manos.

Si un día buscas a Tobías por su casa,

o por las avenidas enormes, que ahora

están cerradas por culpa de un virus

que no acaba de irse,

quizás lo veas viviendo una aventura

entre libros y cuentos de piratas,

haciendo torres con bloques de madera,

dibujando la cabeza pequeña de una rata

o al robot de una famosa guerra entre galaxias.

Si, aun así, con gran esfuerzo,

a Tobías no encontráis por ningún lado,

os aseguro que estará entretenido con Halima,

haciendo figuras de origami:

pajaritas,

ardillas,

peces voladores

submarinos,

barcos,

mariposas,

lo que sea…

Según Tobías, el papel doblado le da vida

a las cosas que, para él, son muy hermosas.

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Tobías en plena “operación” de…¡ fabricar un diamante con las manos!

EL ARCOÍRIS DE ERIC

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Con mi amor de colorines, para Eric…

 

 

Eric tiene diez dedos pinceles,

un arcoíris de colores que va dejando

su rastro de juguete sobre el suelo.

 

Se le debió quedar, cuando nació,

un trocito de amarillo y de naranja,

una porción de azul cielo

y otra de esperanza verde

sobre su corazón de niño

porque navega como un lindo marinero

entre colorines, ceras, pinturas,

gomets, manchas caprichosas,

líneas y luceros.

 

Aunque todavía no sabe explicarlo,

Eric sueña con mares atravesados con olas

de azúcar y de besos,

de volteretas y mecanos,

de abrazos pequeños y gigantes,

con mordisquitos de amor en sus mofletes,

los que le dan, como regalo cada noche

sus padres y una luz, su abuela Merche,

que, en los sueños de Eric, es un faro al que llegar

cuando cierra sus ojos de niño

y cae dormido en la dulzura de su mundo,

lentamente.

Eric marinero, pintor, gato silvestre…

Acuarelista de estrellitas y lunas bien redondas…

Niño arcoíris de ojos profundos y brillantes,

no dejes de pintar tu lienzo con mañanas

de chocolate

y atardeceres de besos y de parques.

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UN COCODRILO

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Para Gerard, Joel y Mateo, tres niños nada-ñoños; para sus mamis,

Elisabet e Iris, a quienes quiero mucho

y para aquellos noñoños que echamos de menos

el sabor bonito de la LIBERTAD.

 

Soy un cocodrilo.

No vivo en el Nilo.

Estoy en tu bañera,

aunque no te lo creas.

Te han dicho: es un verde

lagartaco, dentudo…

Pobre de mí,

si en verano me despinto

y me quedo…sin color ninguno,

pues me paso el día

a remojo en el agua.

Pero si hasta las escamas

parecen de corcho.

Son Inofensivas,

si tú me dibujas.

Si me ves, de verdad,

la cosa es distinta:

créeme soy más grande

que cien mil lagartijas.

Pero, digo yo,

¿para qué tanto miedo

con los cocodrilos?

¿Para qué os asustan,

señalando en un plato

y diciendo: si no te lo comes

vendrá el cocodrilo,

abrirá sus fauces,

se comerá el plato

y también a ti?

Ya ves… ¡qué bobada!

¿Crees, de verdad,

que un fiero cocodrilo

iría a tu casa?

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POEMA A ALBA

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Poema a ALBA, una niña preciosa a cuyos padres, Patricia y Toni quiero infinito.

Para ti, niña preciosa, para que tu vida esté llena de versos y besos.

 

 

 

Alba ha abierto sus ojitos

cuando los días pasan lentos,

muy lentos,

y el mundo sueña con encontrar

el sol que anda perdido

y un balcón para jugar.

 

Ella, que tiene el nombre dulce

del instante en el que el día se asoma

ha llegado a la vida

tomada de la mano de un abril

que no parece primavera.

Pero, con la mágica varita

de su boca pequeña,

ha inventado un hechizo

para deshacer, por un rato, la tristeza.

 

Alba tiene una sonrisa

que se vierte como la vida

de sus labios.

Unas manos perfectamente humanas:

blanquísimas palomas que aletean

y van de su cuerpo a la mañana,

esa mañana nueva,

esa luz bonita que ha traído,

ese tiempo de luz que ya clarea.

 

Alba, deja tus ojos de amanecer

bien abiertos

para que el gris color del mundo

se deshaga…

Y el abril sea abril.

Y las calles, caminos.

Y los sueños, posibles.

Y los brazos, abracen

Y los besos…te besen.

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KASIDA LIFUADAY LUAY (Versos para el corazón de LUAY)

LUAY

POEMA PARA EL CORAZÓN DE LUAY. SU NOMBRE SIGNIFICA “RESILENCIA”, Y ASÍ ES ÉL, UN NIÑO LUCHADOR Y ALEGRE, COMO SU MAMI, SU PAPI Y TODA SU FAMILIA…COMO TODO SU PUEBLO, QUE INTENTA SOBREVIVIR A UNA INJUSTA GUERRA: SIRIA.

Para ellos, a través de LUAY, mi amor, desde el corazón, y este poema que especialmente quiere llegar a su corazón y al de NADIA, su mami, a quien quiero MUCHO!

 

Hoy los niños tienen una mirada azul

que atraviesa ventanas, paredes

y el cielo oscurecido de los días que gotean.

Uno de ellos, sin embargo, parece viajar

entre todas las distancias.

Las borra, con sus manos traviesas

y una goma de borrar de alegría blanca.

Las difumina, con su sonrisa bella,

esa que lleva prendida a los labios

y que ni siquiera desaparece

cuando entorna sus ojos y se duerme.

Ese niño deshacedor de tristeza y de distancias

es Luay, un niño que juega a ser él mismo,

a dibujar rayitas de color en las paredes;

que baila con su cuerpo peonza

y sus pequeños pies de danzarín imparable.

La derecha y la izquierda no le sirven:

él dibuja círculos de baile por el aire,

volteretas de amor cuando mira a su madre,

bucles y saltos de alegría

a pesar de que hace días

que su corazón grande no pasea por las calles.

Luay se ha puesto hoy un gorro diferente:

un gorrobufanda distinto y elegante.

“Mami Nadia, no importa si hoy no paseamos…

Acércate a mi lado cuanto antes,

léeme esos libros de robots, ardillas y gigantes.

Dame las palabras que otros escribieron

para que los niños soñemos

aventuras, caminos, esperanzas y sueños”.

LUAY

 

 

MAGIA PARA EL CORONAVIRUS

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La verdad, estoy hartita de mirar por la ventana.

Se me hace pequeño el cuarto,

y eso que mi madre, todo el día,

insiste en que puedo jugar a un videojuego,

poner los pies descalzos sobre la alfombra de nubes,

regalo de navidad de la tía Clara,

e, incluso, no abrir el libro de matemáticas

que está encantado de dormir en mi mochila.

Esto, todo esto, es muy-muy raro.

Parece que todos los días son domingo,

aunque sin la alegría del domingo,

sin las magdalenas de choco del domingo

y sin abrazos, que es lo que peor llevo.

Parece ser que hay un bicho tremendamente bicho

que se pega a las bocas,

las manos,

los pulmones

y nos quita la vida, porque él quiere.

Es un bicho que no merece,

Seguro que imaginas porqué,

el nombre que le han puesto.

¿A quién se le ha ocurrido coronarlo

y hacerle un rey déspota que nos ha sacado de las calles

y nos hace odiar las paredes de colores de las casas?

Ellos no quieren que lo sepa,

pero mis papis tienen miedo…

Como yo, como mis abuelos, mi hermano…

Como todo hijo de vecino

y el correspondiente el padre, ese “vecino”.

Yo no lo digo, porque decirlo es un poco hacerlo verdad,

hacerlo realidad,

aceptar que nos gana la partida,

pero le tengo tal asco al coronado bicho

que, si pudiera, llamaría a los magos y magas del planeta

y les diría: ¿Pero a qué esperáis? ¿Empezad ya?

¡Sacad la varita mágica, vuestra negra chistera

y hacer que el bicho este, ya de una,

se quede confinado, él, debajo de una inmensa piedra.

¡Que vuelvan los abrazos, jolines!

¡Y los besos!

¡Y las peleas inocentes entre hermanos!

¡Que los guantes, de nuevo, solo sean

para abrigar en invierno nuestras manos!

 

 

 

El día más raro de la semana

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¿Cuál será el día más raro de la semana?

 

Creo que estarás pensando

—pensar es una gimnasia muy saludable y divertida

porque no hacen falta ni pesas,

ni mancuernas,

ni cuernos,

ni otros artilugios—

que sabes a qué día de refiero.

Pero, no. Hoy te voy a ganar el poema,

digo el acertijo.

 

Ese día, de la semana el más raro,

no es el lunes y el ataque de sueño

que nos coge antes de salir de la cama

el lunes, cuando planta cara la mañana.

 

Los lunes, aunque haga sol,

tienen pinta de principio.

De un principio de cuento

que casi nos sabemos de memoria.

Tienen nombre que empieza como luna,

lunática, luz, lupa y lucero…

pero, de divertidos, los lunes,

tienen lo que yo tengo de bombero.

 

Bueno, pues el día ese tan raro

al que estoy dedicándole un poema

—fíjate si será importante, sin él quererlo—

es el sábado.

Y tú dirás, «menuda chafada que me has dado

¿Cómo se te ocurre decir que es un día raro

ese día tan fantástico del sábado?»

Pues, si tienes paciencia, te lo explico.

Y si no la tienes, no te pongas triste.

No tenerla, ser impaciente

o curiosa no es, para mí,

ningún delito.

 

El sábado es día de personas corriendo

como hormigas presurosas

que desfilan en fila

por calles y paseos,

bolsa en mano,

comprando como si el sábado fuera,

en realidad,

una yincana de dejarse vacíos los bolsillos.

 

Es curioso, si te fijas, ver cómo son madres

las que van de una tienda a otra

y nos llevan a nosotros, los pequeños,

estirándonos de ellas

como si hubieran fabricado

una mágica e invisible cuerda.

«Corre, anda, no te pares»,

me dice la mía, mientras coge tiquets,

botes, paquetes

cajas y botellas.

 

«Corre, anda, date prisa»

me repite —sin mirarme mucho, la verdad—

mientras me estira y me estira.

(Extrañamente, lo que nunca se rompe

Es esa cuerda que te he dicho)

 

Después de dos horas de sábado,

yo tengo la sensación de haber corrido

la más larga maratón

de este planeta.

Y cuando llegamos a casa,

y yo me froto las manos pensando

que mi madre dejará las compras

y vendrá a acariciarme las coletas,

lo que pasa,

—digo yo que por ser sábado—

es que ella se mete en la cocina,

poniendo la directa,

y se entretiene

situando en los armarios

cada cosa,

como si fuera una china

colocando con paciencia de china

las piezas del más curioso tangram.

 

A mí me encanta que mi madre me haga caso,

que mi padre se siente un rato a mi lado

y hasta que mi perro, Sobras, juegue

a parecer que me da algún bocado,

así que, como habrás imaginado,

el día de la semana que menos me gusta

es, precisamente, el sábado.