EL ARCOÍRIS DE ERIC

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Con mi amor de colorines, para Eric…

 

 

Eric tiene diez dedos pinceles,

un arcoíris de colores que va dejando

su rastro de juguete sobre el suelo.

 

Se le debió quedar, cuando nació,

un trocito de amarillo y de naranja,

una porción de azul cielo

y otra de esperanza verde

sobre su corazón de niño

porque navega como un lindo marinero

entre colorines, ceras, pinturas,

gomets, manchas caprichosas,

líneas y luceros.

 

Aunque todavía no sabe explicarlo,

Eric sueña con mares atravesados con olas

de azúcar y de besos,

de volteretas y mecanos,

de abrazos pequeños y gigantes,

con mordisquitos de amor en sus mofletes,

los que le dan, como regalo cada noche

sus padres y una luz, su abuela Merche,

que, en los sueños de Eric, es un faro al que llegar

cuando cierra sus ojos de niño

y cae dormido en la dulzura de su mundo,

lentamente.

Eric marinero, pintor, gato silvestre…

Acuarelista de estrellitas y lunas bien redondas…

Niño arcoíris de ojos profundos y brillantes,

no dejes de pintar tu lienzo con mañanas

de chocolate

y atardeceres de besos y de parques.

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UN COCODRILO

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Para Gerard, Joel y Mateo, tres niños nada-ñoños; para sus mamis,

Elisabet e Iris, a quienes quiero mucho

y para aquellos noñoños que echamos de menos

el sabor bonito de la LIBERTAD.

 

Soy un cocodrilo.

No vivo en el Nilo.

Estoy en tu bañera,

aunque no te lo creas.

Te han dicho: es un verde

lagartaco, dentudo…

Pobre de mí,

si en verano me despinto

y me quedo…sin color ninguno,

pues me paso el día

a remojo en el agua.

Pero si hasta las escamas

parecen de corcho.

Son Inofensivas,

si tú me dibujas.

Si me ves, de verdad,

la cosa es distinta:

créeme soy más grande

que cien mil lagartijas.

Pero, digo yo,

¿para qué tanto miedo

con los cocodrilos?

¿Para qué os asustan,

señalando en un plato

y diciendo: si no te lo comes

vendrá el cocodrilo,

abrirá sus fauces,

se comerá el plato

y también a ti?

Ya ves… ¡qué bobada!

¿Crees, de verdad,

que un fiero cocodrilo

iría a tu casa?

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POEMA A ALBA

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Poema a ALBA, una niña preciosa a cuyos padres, Patricia y Toni quiero infinito.

Para ti, niña preciosa, para que tu vida esté llena de versos y besos.

 

 

 

Alba ha abierto sus ojitos

cuando los días pasan lentos,

muy lentos,

y el mundo sueña con encontrar

el sol que anda perdido

y un balcón para jugar.

 

Ella, que tiene el nombre dulce

del instante en el que el día se asoma

ha llegado a la vida

tomada de la mano de un abril

que no parece primavera.

Pero, con la mágica varita

de su boca pequeña,

ha inventado un hechizo

para deshacer, por un rato, la tristeza.

 

Alba tiene una sonrisa

que se vierte como la vida

de sus labios.

Unas manos perfectamente humanas:

blanquísimas palomas que aletean

y van de su cuerpo a la mañana,

esa mañana nueva,

esa luz bonita que ha traído,

ese tiempo de luz que ya clarea.

 

Alba, deja tus ojos de amanecer

bien abiertos

para que el gris color del mundo

se deshaga…

Y el abril sea abril.

Y las calles, caminos.

Y los sueños, posibles.

Y los brazos, abracen

Y los besos…te besen.

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KASIDA LIFUADAY LUAY (Versos para el corazón de LUAY)

LUAY

POEMA PARA EL CORAZÓN DE LUAY. SU NOMBRE SIGNIFICA “RESILENCIA”, Y ASÍ ES ÉL, UN NIÑO LUCHADOR Y ALEGRE, COMO SU MAMI, SU PAPI Y TODA SU FAMILIA…COMO TODO SU PUEBLO, QUE INTENTA SOBREVIVIR A UNA INJUSTA GUERRA: SIRIA.

Para ellos, a través de LUAY, mi amor, desde el corazón, y este poema que especialmente quiere llegar a su corazón y al de NADIA, su mami, a quien quiero MUCHO!

 

Hoy los niños tienen una mirada azul

que atraviesa ventanas, paredes

y el cielo oscurecido de los días que gotean.

Uno de ellos, sin embargo, parece viajar

entre todas las distancias.

Las borra, con sus manos traviesas

y una goma de borrar de alegría blanca.

Las difumina, con su sonrisa bella,

esa que lleva prendida a los labios

y que ni siquiera desaparece

cuando entorna sus ojos y se duerme.

Ese niño deshacedor de tristeza y de distancias

es Luay, un niño que juega a ser él mismo,

a dibujar rayitas de color en las paredes;

que baila con su cuerpo peonza

y sus pequeños pies de danzarín imparable.

La derecha y la izquierda no le sirven:

él dibuja círculos de baile por el aire,

volteretas de amor cuando mira a su madre,

bucles y saltos de alegría

a pesar de que hace días

que su corazón grande no pasea por las calles.

Luay se ha puesto hoy un gorro diferente:

un gorrobufanda distinto y elegante.

“Mami Nadia, no importa si hoy no paseamos…

Acércate a mi lado cuanto antes,

léeme esos libros de robots, ardillas y gigantes.

Dame las palabras que otros escribieron

para que los niños soñemos

aventuras, caminos, esperanzas y sueños”.

LUAY

 

 

MAGIA PARA EL CORONAVIRUS

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La verdad, estoy hartita de mirar por la ventana.

Se me hace pequeño el cuarto,

y eso que mi madre, todo el día,

insiste en que puedo jugar a un videojuego,

poner los pies descalzos sobre la alfombra de nubes,

regalo de navidad de la tía Clara,

e, incluso, no abrir el libro de matemáticas

que está encantado de dormir en mi mochila.

Esto, todo esto, es muy-muy raro.

Parece que todos los días son domingo,

aunque sin la alegría del domingo,

sin las magdalenas de choco del domingo

y sin abrazos, que es lo que peor llevo.

Parece ser que hay un bicho tremendamente bicho

que se pega a las bocas,

las manos,

los pulmones

y nos quita la vida, porque él quiere.

Es un bicho que no merece,

Seguro que imaginas porqué,

el nombre que le han puesto.

¿A quién se le ha ocurrido coronarlo

y hacerle un rey déspota que nos ha sacado de las calles

y nos hace odiar las paredes de colores de las casas?

Ellos no quieren que lo sepa,

pero mis papis tienen miedo…

Como yo, como mis abuelos, mi hermano…

Como todo hijo de vecino

y el correspondiente el padre, ese “vecino”.

Yo no lo digo, porque decirlo es un poco hacerlo verdad,

hacerlo realidad,

aceptar que nos gana la partida,

pero le tengo tal asco al coronado bicho

que, si pudiera, llamaría a los magos y magas del planeta

y les diría: ¿Pero a qué esperáis? ¿Empezad ya?

¡Sacad la varita mágica, vuestra negra chistera

y hacer que el bicho este, ya de una,

se quede confinado, él, debajo de una inmensa piedra.

¡Que vuelvan los abrazos, jolines!

¡Y los besos!

¡Y las peleas inocentes entre hermanos!

¡Que los guantes, de nuevo, solo sean

para abrigar en invierno nuestras manos!

 

 

 

El día más raro de la semana

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¿Cuál será el día más raro de la semana?

 

Creo que estarás pensando

—pensar es una gimnasia muy saludable y divertida

porque no hacen falta ni pesas,

ni mancuernas,

ni cuernos,

ni otros artilugios—

que sabes a qué día de refiero.

Pero, no. Hoy te voy a ganar el poema,

digo el acertijo.

 

Ese día, de la semana el más raro,

no es el lunes y el ataque de sueño

que nos coge antes de salir de la cama

el lunes, cuando planta cara la mañana.

 

Los lunes, aunque haga sol,

tienen pinta de principio.

De un principio de cuento

que casi nos sabemos de memoria.

Tienen nombre que empieza como luna,

lunática, luz, lupa y lucero…

pero, de divertidos, los lunes,

tienen lo que yo tengo de bombero.

 

Bueno, pues el día ese tan raro

al que estoy dedicándole un poema

—fíjate si será importante, sin él quererlo—

es el sábado.

Y tú dirás, «menuda chafada que me has dado

¿Cómo se te ocurre decir que es un día raro

ese día tan fantástico del sábado?»

Pues, si tienes paciencia, te lo explico.

Y si no la tienes, no te pongas triste.

No tenerla, ser impaciente

o curiosa no es, para mí,

ningún delito.

 

El sábado es día de personas corriendo

como hormigas presurosas

que desfilan en fila

por calles y paseos,

bolsa en mano,

comprando como si el sábado fuera,

en realidad,

una yincana de dejarse vacíos los bolsillos.

 

Es curioso, si te fijas, ver cómo son madres

las que van de una tienda a otra

y nos llevan a nosotros, los pequeños,

estirándonos de ellas

como si hubieran fabricado

una mágica e invisible cuerda.

«Corre, anda, no te pares»,

me dice la mía, mientras coge tiquets,

botes, paquetes

cajas y botellas.

 

«Corre, anda, date prisa»

me repite —sin mirarme mucho, la verdad—

mientras me estira y me estira.

(Extrañamente, lo que nunca se rompe

Es esa cuerda que te he dicho)

 

Después de dos horas de sábado,

yo tengo la sensación de haber corrido

la más larga maratón

de este planeta.

Y cuando llegamos a casa,

y yo me froto las manos pensando

que mi madre dejará las compras

y vendrá a acariciarme las coletas,

lo que pasa,

—digo yo que por ser sábado—

es que ella se mete en la cocina,

poniendo la directa,

y se entretiene

situando en los armarios

cada cosa,

como si fuera una china

colocando con paciencia de china

las piezas del más curioso tangram.

 

A mí me encanta que mi madre me haga caso,

que mi padre se siente un rato a mi lado

y hasta que mi perro, Sobras, juegue

a parecer que me da algún bocado,

así que, como habrás imaginado,

el día de la semana que menos me gusta

es, precisamente, el sábado.

 

LO QUE ME CHIFLARÍA

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Fotografía de la poeversos-poeta haciendo de las suyas.

 

A veces, últimamente son muchas,

me chiflaría volver a ser niña,

o niño, que para el caso

es totalmente lo mismo.

Porque cuando eres niña

al cansancio ni se le ocurre venir a verte

¿Para qué? se pregunta,

si esta niña funciona con una fuerza alcalina,

recargable

como un par de pilas de esas gordotas.

 

Las niñas somos capaces de ver en un tronco

los ojos gigantescos de un fantasma;

sentir miedo de una noche,

a pesar de que tenga encendida la bombilla

redonda de la luna llena.

Nos hartaríamos de comer chocolate

sin tener remordimientos.

—Ni miramientos­.—

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ALÍCIA Y SUS DIFERENTES MARAVILLAS

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Tengo nombre de libro y de aventuras.

Incluso se supone que soy amiga

de un conejo blanco que un día encontré

corriendo como corren los conejos

en un extraño bosque.

¿A que lo que te digo algo te suena?

 

Claro, me llamo Alícia, pero no creas

que he salido de las páginas con letras

de un libro fantasioso.

Eso sí, aunque no soy famosa,

mi nombre es,

para mí, el nombre más precioso.

La otra Alícia, la de la historia,

era rubia y tenía ojos de niña inquieta

­—por si no lo sabes, el color de ese tipo de ojos,

es un color indefinible,

entre verde y atrevido,

entre marrón y alegre,

un color de esos que usan solo los pintores

que hacen cuadros distintos

y muy-muy originales) —

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CECÍLIA Y LAS ARAÑAS

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Cecilia debe ser la única niña

que no teme a las arañas

y eso que los bichos en cuestión,

además de tejer telarañas,

se pasean con sus finísimas patas

por todos los rincones de la casa.

 

Ella – Cecilia, no la araña-

cuando se mira en el espejo,

antes de salir a jugar o pasear

por las calles estrechas de su pueblo,

mira con sus ojos bien abiertos

a un lado y al otro del suelo.

Lo hace después de comprobar

que su abrigo preferido,

un abrigo calentito y rosa,

le queda como un guante

y le hace parecer una princesa.

El abuelo de Cecilia, al otro lado del pasillo,

observa a su nieta-princesa

cómo se fija en una de las baldosas,

agacha su cuerpecito

y extiende la mano con cuidado.

“¡Anda! ¿Y tú qué haces aquí?”

le dice a la araña que acaba de descubrir,

“Seguro que estabas hasta el pirri de tejer

tu telaraña y te has largado de paseo…

 

Es que debe ser un rollo

ser tejedora a todas horas

y, sin aguja ni dedal, coser una red

con hebras pegajosas ¿Verdad?”

El arácnido, palabreja rara que sirve

para llamar de otra manera a la araña,

se queda observando a la giganta de Cecilia,

porque claro, imagínate, que, con los ojos

de la araña, la niña con abrigo de princesa

le parece tan grande como una montaña.

Cecilia no solo no se asusta

cuando ve a la araña avanzar con sus patas

como si fuera una nave extraterrestre

de esas que en las películas vienen a la Tierra,

sino que sonríe e incluso siente pena

de ese bicho con cuatro pares de patas:

“Ay araña, arañita, es una lastima

que con tantas patas tengas que ir a la carrera

para que no te pisen los zapatos y las botas

de los humanos despistados

que caminan por la casa y las aceras”.

Cuando acaba de hablarle a la araña,

ésta parece levantar, por un momento,

su cara y mirar con atención a la princesa:

“Anda, ponte en marcha y vete,

que ahora mismo vendrá el abuelo

y se asustará tanto

que tendré que fingir que te regaño”

 

La araña agacha su cabeza,

gira sobre sus ocho patas

y, con una de ellas, le hace un gesto

de despedida cariñosa

a su nueva amiga:

¡Good-bye, princesa del abrigo rosa!

cecilia-1Si quieres saber más sobre las arañas que NO ASUSTAN a Cecília, clica sobre esta palabra: ARAÑA

 

 

 

 

 

UN PASEO CON JÚLIA

julia

Poema escrito por una poetisa muy-muy especial

que se llama Júlia y que adora pasear ,)

Julia Orobitg Martínez

Colegio Helios

1ero de Primaria

Hoy es domingo

y me voy a pasear

con mi hermana a mi lado:

No para de cantar!

Las calles están húmedas.

El invierno llega ya.

“¡Mar, ponte la bufanda!

¡No te vayas a resfriar!”

Un ratito ya llevamos

caminando sin cesar.

Daremos la vuelta al parque

y… a casa a merendar!